5.- LA GRAVEDAD COMO TORSION
DE LA REALIDAD
En mis
investigaciones de filosofía política, recientemente he llegado a considerar a
la gravedad a partir de una heurística del poder. He llamado agentes a
los sujetos con capacidad para torcer la realidad, para ejercer poder a partir
de una diferencialidad de recursos que no acabamos de conocer[1].
Por torcer la
realidad entiendo la capacidad de los agentes para realizar cambios sobre
la estructura de la realidad, en alterar la normalidad tanto para bien, como
para mal. El agente es el ser humano individual, por ello este personaje
corporiza una voluntad de poder frente a la cual la normalidad, lo real, son
parte de su arsenal para realizar sus intereses. La palabra diferencial
es central, indica que este agente puede surgir de cualquier parte. El cuerpo
humano, el ser singular, implica el despliegue de una psicología dentro
de la cual se genera una voluntad estratégica, la que, desde luego no es
solamente pensamiento racional y cálculo, sino también aloja un campo emocional
que implica normalmente un juicio emocional del mundo, un juicio filiar. Desde
luego que hay agentes cuyo principal característica es su capacidad racional,
pero incluso en estos, la visión racional y calculativa del mundo deriva de una
opción psicológica, de una estructura de pensamiento.
Los agentes
despliegan su voluntad, y en la medida que alcanzan el éxito son capaces de
torcer las estructuras contractuales, legales y consuetudinarias que rigen la
realidad en determinado momento. Esta capacidad para pasar por alto
reglamentos, soberanías y leyes la denomino poder gravitacional. El agente
tiene la capacidad de torcer la realidad, tal como la gravedad es capaz de
torcer la luz en sus tránsitos siderales, el agente gravitacional altera la
normalidad estructurada de su momento y es capaz incluso de sobreponer su
propio sistema de valores y reglas sobre su objeto estratégico. En un espacio
tiempo definido como pura inmanencia[2],
la capacidad de torcer las reglas equivale a la torsión de la realidad misma, a
la alteración del diagrama estratégico de la globalización.
Los agentes
constituyen una figura de la libertad, puesto que están dispuestos a torcer la
realidad y a ampliar los horizontes estratégicos generales del mundo. En
principio el agente es consciente de que la realidad está para ser cursada
hacia sus objetivos estratégicos, de tal manera que la historia de la
construcción artificiosa del mundo que he relatado se acopla a la forma de
comprender la acción del agente.
En el artículo
citado Dinámicas estratégicas..., he desarrollado una visión en la que
el agente –mente y cuerpo– es el eje estratégico del mundo globalizado,
superando a las instituciones, las que son observadas desde una óptica de difuminación de las voluntades individuales
a partir de la ficción corporativa. Esta óptica incluye al estado nación, como
institución que cada vez es menos la corporización de un espíritu y voluntad
nacional para derivar en una institución al servicio de grupos de agentes
asociados por diversos intereses, principalmente económicos. Esta afirmación es
siempre reforzada por una cita ya clásica de Manuel Castells: los estamentos
del estado “..cuanto más triunfan en
la escena planetaria en estrecha colaboración con los agentes de la
globalización, menos representan a sus grupos nacionales.”[3] La persecución
del éxito para los agentes estatales está mucho más en sintonía con el plano
diagramático interagencial de la globalización. Es decir, el éxito se mide
hacia afuera, y en su persecución estos agentes son capaces de vulnerar o
directamente destruir los valores de sus grupos nacionales.
El poder agencial
tiene la cualidad gravitacional, y ello es central para entender su rol en la
construcción de un devenir artificioso para nuestras sociedades. Los agentes
del estado, así como los agentes corporativos son parte de un reticulado
agencial global, en el que se incluyen la totalidad de los agentes
diferenciales, tal como ha sido diagramado al final de mi ensayo ya citado Un
vector en tres pasos.
Capítulo